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“Como si aún no hubiera despertado de su última pesadilla, Gabriela Ángel se encontró de pronto en medio del caos de unas calles repletas de automóviles abandonados y de gente que, intentando esquivar los latigazos que descargaban las ondas explosivas de las bombas, corría de un lado a otro enloquecida”.

Así, de esta manera, empieza la historia de Gabriela infinita. Pero esta no es igual que otras, no es de esas que tienen una linealidad y que nos conducen por un sendero totalmente real, claro y coherente. Esta, por su parte, es distinta a las demás historias jamás contadas. Gabriela Ángel, una bogotana de 22 años de la década de los setenta, ha sido separada de su amante, Federico Soler, por extrañas circunstancias. Ella, embarazada de Federico y sin saber de él hace ya 6 meses, atraviesa la ciudad y entra a la residencia en donde su amante ha dejado todo abandonado. Aquella ciudad, que la vio enamorarse, llorar y reír, ahora estaba envuelta en la miseria y en la desolación de una guerra que había llegado tan de repente como el amor, la gloria y la desesperación a la vida de Gabriela. Ya dentro de la habitación de Federico, Gabriela olvida la velocidad con que tiene que empacar todo e irse, olvida que afuera la ciudad está muriendo lentamente y se sumerge dentro de todas las posesiones de Federico. Posesiones que quizá descubran el enigma.  

Hasta este punto, Gabriela infinita es una novela como cualquier otra. Pero, ¿qué la hace tan diferente?

Esta historia no está escrita en papel y nunca lo estará, no existe en la imaginación de unos pocos ni es invento de otros, tan solo es una nueva forma de leer, de ver, de sentir aquello que llamamos narratividad. Jaime Alejandro Rodríguez, director general de Gabriela infinita, junto con Carlos Roberto Torres, encargado del diseño visual y de la interactividad de esta historia, lograron recrear todo un mundo de fantasía y suspenso, en donde el lector (también navegador) se interna tanto en la obra que logra comprender que siente Gabriela cuando no encuentra a Federico. Cuando se lee Gabriela infinita se despierta ese sentimiento que se siente cuando uno se separa del ser amado, aquel sentimiento que carcome el alma y mata el espíritu. A ese sentimiento es el que, a mi parecer, apela la hipermedia narrativa de Gabriela infinita, cosa que responde el por qué esta historia es diferente a las demás historia jamás contadas.

Gabriela infinita fue creada con un propósito de novela, pero no cumplía los requisitos necesarios ya que no contaba con la suficiente linealidad para adaptarse al dispositivo narrativo tradicional. Otro factor que afectaba a la linealidad de Gabriela infinita como novela consistía en que Gabriela Ángel no era el único centro de la historia. De Gabriela infinita se desprenden al menos tres historias nuevas, desprendidas del hilo conductor de la obra.

Pero la obra impresa le quedo pequeña a Gabriela infinita. El papel no le permitía explorar toda su interactividad y toda su capacidad para hacer del lector el dueño de su propia lectura.

Gabriela infinita paso de novela a hipertexto. Jaime Alejandro Rodríguez encontró entre líneas que Gabriela infinita podía tener una oportunidad en el medio virtual. Él se la concedió e hiso que el lector jugará con los hipervínculos, con las imágenes y que hiciera una lectura electrónica a su gusto y completamente libre. Así que se construyó una versión de Gabriela infinita   que incluyó un “tímido planteamiento de ilustración y una sencilla propuesta estructural”.

Finalmente, Gabriela infinita llegó a su máxima expresión: un hipermedia narrativo. Esta nueva propuesta logró incluir los potenciales hipertextuales y audiovisuales que ya se venían proponiendo. El hipermedia narrativo, resultado de tantos años de investigación y experimentación, logró lo que se propuso: internar al lector en una obra de ficción, en donde es acompaño por imágenes, laberintos, sonidos, puertas, llaves y acertijos. Gabriela infinita había logrado su cometido.

En mi experiencia personal, al leer Gabriela infinita, me encontré con todo un mundo nuevo que me proponía la red en la que estaba sumergida. Empecé por comprender el proyecto, por entender esta nueva propuesta de lo que podríamos llamar literatura y después me interne en la obra, explore, abrí puertas y encontré que Gabriela había perdido a su amante. Al principio fue un poco confuso, debo aceptarlo. No entendía cuál era el primer paso a seguir, no entendía cuál puerta abrir, por donde continuar. Sentí rabia, o quizá temor, de no haber empezado por donde era o de no entender el hilo conductor de la obra. Pero después ese miedo que me acobijo por exponerme a algo que no conocía se fue y me dejó navegar libre, sin ataduras.

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